Dos de cada tres obreros de Sajonia-Anhalt votaron el domingo a la AfD. Hace solo cinco años eran uno de cada tres. Ningún otro dato explica mejor lo ocurrido en este Estado del este de Alemania, donde la ultraderecha ha pasado del 20,8% al 43,8% de los votos y se ha convertido en la primera fuerza casi en cualquier mesa electoral que se mire: por edad, por sexo, por profesión, por municipio.
Es tentador leer este resultado como un simple castigo a Friedrich Merz y al Gobierno de Berlín, pero las elecciones nos han mostrado un partido que hace una década dependía de un electorado joven, masculino y del este rural se ha convertido en una opción transversal, capaz de ganar entre obreros y autónomos, entre hombres y mujeres, entre veinteañeros y jubilados.
La pregunta que deja esta elección no es solo por qué ganó la AfD, sino cómo ha dejado de ser el partido de un único tipo de votante.
Un electorado que ya no tiene un perfil único
Según el análisis de Infratest dimap para la ARD, la AfD fue la fuerza más votada en prácticamente todos los grupos de edad. Entre los 35 y los 59 años (el grueso de la población activa) obtuvo mayoría absoluta, con un 52-53% de los votos. Entre los menores de 25 años, un segmento donde hace cinco años ganaba la CDU, la AfD se impuso ahora con el 41-42%, aunque aquí compartió terreno con Die Linke y los Verdes, que sumaron alrededor de un tercio del voto joven.
La brecha de género también es notable: más de la mitad de los hombres votó a la AfD, frente al 38-40% de las mujeres.
Pero el dato más revelador viene del mundo laboral. Entre los obreros, el voto a la AfD pasó de un tercio a un 61%. Entre los empleados, rozó la mitad de los votos. Entre los autónomos, logró mayoría absoluta. Y entre los jubilados, superó por primera vez a la CDU. Sajonia-Anhalt tiene los salarios medios más bajos de toda Alemania, y ese dato económico parece pesar tanto como cualquier otro factor identitario.
La excepción: los mayores de 70 años
Solo un grupo resistió: los mayores de 70 años, donde la AfD (31%) y la CDU (30%) quedaron prácticamente empatadas. Es la única franja de edad en la que el partido no se impuso con claridad.
El detalle importa porque desmonta un tópico habitual: no es la generación de más edad, formada políticamente en la RDA, la que sostiene con más fuerza a la ultraderecha. Es la generación intermedia, la que vivió la reconversión económica de los años noventa como adultos jóvenes, la que hoy vota con más intensidad a la AfD.
De dónde salen los votos: una CDU que pierde por todos los flancos
El desplome de la CDU explica buena parte del ascenso. El partido de Sven Schulze, que gobernaba el Estado desde 2002, cayó del 37,1% en 2021 al 17,2%, prácticamente a la mitad.
Según las estimaciones de transferencia de voto de Infratest dimap, la CDU no perdió votantes solo hacia la AfD (aunque esa fuga, de unos 82.000 votos, fue la más importante). También cedió apoyos hacia los Verdes, el SPD, el BSW y Die Linke. Es decir, perdió votantes en todas direcciones, señal de un partido que ha dejado de representar un proyecto claro para buena parte de su antiguo electorado.
El impulso decisivo: los antiguos abstencionistas
La mayor fuente de crecimiento de la AfD, sin embargo, no fueron los antiguos votantes de la CDU, sino quienes no habían votado en 2021. Según el modelo de Infratest dimap, la AfD ganó un saldo neto de 170.000 votos entre antiguos abstencionistas, más del doble que lo obtenido de la CDU.
Esto cambia el sentido del resultado. No se trata solo de un trasvase entre partidos, sino de la conversión de un descontento que antes se traducía en no votar, y que ahora se traduce en participación activa. Curiosamente, según la Forschungsgruppe Wahlen, la mayoría de los votantes situó en el centro de su decisión temas de política regional, y valoró más la competencia de la AfD que la de la CDU en dos áreas muy concretas: economía y educación. La inmigración, sin dejar de estar presente en el debate, no aparece como el eje dominante que cabría esperar, algo que no ha pasado en otros paises como Hungria.
Aquí conviene resistir la tentación de una explicación única. Sajonia-Anhalt no vota así «porque perteneció a la RDA», pues reducir lo ocurrido a una reunificación que pasó hace 36 años es una explicación tan infantil como simplista.
Lo que sí es rastreable es una cadena de consecuencias. La reconversión industrial de los años noventa golpeó con particular dureza a este Estado, la población joven y cualificada emigró hacia el oeste en las décadas siguientes, y la que se quedó envejeció en un territorio con salarios más bajos que el resto del país. A eso se suma una desconfianza hacia los partidos tradicionales que lleva años acumulándose, y que la CDU, pese a haber gobernado casi un cuarto de siglo, no ha logrado contener.
Ninguno de estos factores actúa solo. Pero juntos explican por qué el descontento, cuando por fin encontró un vehículo político capaz de movilizarlo, lo hizo con esta intensidad.
Qué queda después del domingo
La AfD ganó con holgura, pero no logró la mayoría absoluta de escaños, lo que abre semanas de una formación de gobierno incierta en Magdeburgo y añade presión sobre la política federal. Lo que este resultado deja claro, más allá de esa negociación, es que la ultraderecha alemana ha dejado de depender de un nicho generacional o social concreto.
Ha construido, en uno de los Estados con la población más envejecida del país, una base electoral que atraviesa edades, profesiones y géneros. Y esa es una transformación que ningún gobierno en Berlín podrá revertir solo con un cambio de discurso.


