Isabel Zendal no fue una enfermera cualquiera. En una época en la que casi nadie hablaba de cuidados sanitarios como los entendemos hoy, ella ya los practicaba a diario. Trabajó en el Hospital de la Caridad de La Coruña, donde se ocupaba de personas muy vulnerables, sobre todo niños enfermos y huérfanos. Su trabajo iba mucho más allá de “echar una mano”: limpiaba heridas, cuidaba la higiene, vigilaba la alimentación y acompañaba a los pacientes cuando más lo necesitaban. Todo esto lo hacía sin apenas medios y en condiciones bastante duras. Aun así, Isabel mostró una enorme responsabilidad y un compromiso constante con su labor. Su forma de cuidar, cercana y atenta, es lo que hoy identificaríamos claramente como el corazón de la enfermería. Sin títulos ni reconocimiento, Zendal ya estaba marcando el camino de una profesión esencial para la salud.
El cuidado diario como forma de vida
Uno de los aspectos más importantes del trabajo de Isabel Zendal fue su dedicación al cuidado diario. Como rectora de la Casa de Expósitos, tenía bajo su responsabilidad a muchos niños que dependían totalmente de ella. No solo se ocupaba de organizar el centro, sino que estaba presente en el día a día: atendía a los pequeños cuando enfermaban, se aseguraba de que estuvieran limpios, bien alimentados y, en la medida de lo posible, tranquilos. En una época con muchas enfermedades y pocos recursos médicos, estos cuidados eran fundamentales para sobrevivir. Isabel entendía que cuidar no era solo curar, sino también proteger y acompañar. Esa experiencia fue clave para que más adelante fuera elegida para una misión sanitaria muy especial. Su forma de trabajar demostraba que la enfermería es constancia, paciencia y una enorme humanidad.
Una enfermera en una misión histórica
El momento más importante de la vida profesional de Isabel Zendal llegó con la Expedición Balmis. En este viaje, su papel como enfermera fue absolutamente imprescindible. Ella era la encargada de cuidar a los niños que transportaban la vacuna de la viruela de un continente a otro. Durante semanas en el mar, vigilaba su estado de salud, atendía enfermedades, mantenía la higiene y les daba apoyo emocional. Los niños estaban lejos de casa y asustados, y Zendal se convirtió en su principal referencia. Si los menores enfermaban gravemente, la expedición fracasaba, así que su trabajo era clave para el éxito de la misión. Gracias a su cuidado constante, la vacuna pudo llegar a miles de personas. Aunque muchas veces se habla de los médicos, sin la labor enfermera de Isabel Zendal nada de esto habría sido posible.
Un legado que sigue vivo
Durante mucho tiempo, el trabajo de Isabel Zendal pasó desapercibido, como ocurrió con muchas enfermeras a lo largo de la historia. Sin embargo, hoy se reconoce su enorme importancia. Su ejemplo demuestra que la enfermería ha sido siempre una pieza clave en la salud pública. Zendal fue una mujer valiente, responsable y profundamente comprometida con el cuidado de los demás. Su legado no está solo en lo que hizo, sino en lo que representa: la importancia de los cuidados, de la cercanía y de la dedicación diaria. Por eso, hoy es recordada como la primera enfermera en una misión internacional. Hablar de Isabel Zendal es también valorar el trabajo silencioso de tantas enfermeras que, como ella, han sostenido la salud de la sociedad desde el cuidado y la entrega.