23-F: historia de un pais en vilo.

Imagínate la España de principios de los 80: saliendo de una dictadura larguísima, con una democracia recién estrenada y un montón de incertidumbre en el aire. Había miedo, sí, porque el terrorismo de ETA golpeaba fuerte, la economía no levantaba cabeza y muchos militares no veían con buenos ojos tanto cambio. Adolfo Suárez, el presidente que pilotó la transición, estaba agotado y acababa de dimitir. El ambiente era de nervios, rumores y mucha gente preguntándose si aquello de la democracia iba a durar o si todo podía saltar por los aires en cualquier momento. “Había ruido de sables”, recuerda José Bono, que era secretario de la mesa del Congreso, “sentimos rabia, miedo y tristeza de pensar que otra vez los golpistas nos llevaban al hoyo”. 

 El Congreso, tomado al asalto: “¡Quieto todo el mundo!”

El 23 de febrero de 1981, mientras los diputados estaban votando quién sería el nuevo presidente, pasó lo impensable: el teniente coronel Tejero entró en el Congreso con un grupo de guardias civiles armados y, pistola en mano, soltó el famoso “¡Quieto todo el mundo!”. Los diputados al suelo, tiros al techo y el país entero pegado a la radio y la tele, sin saber qué iba a pasar. Por si fuera poco, en Valencia, el general Milans del Bosch sacó los tanques a la calle. Parecía que el golpe iba en serio y que España podía volver atrás de un plumazo. “Cada uno teníamos delante a un guardia civil con una metralleta a escasos centímetros”, recuerda Alfonso Guerra. Felipe González añade: “Lo que más me impresionó fue que Gutiérrez-Mellado se quedó sin voz como reacción a la tensión”. 

El rey al rescate: una noche de infarto

Mientras medio país no pegaba ojo, el rey Juan Carlos I se puso el uniforme de capitán general y empezó a llamar a los mandos del ejército para asegurarse de que no se sumaban al golpe. Pero lo que de verdad cambió todo fue su aparición en televisión, ya de madrugada, diciendo alto y claro que él estaba con la democracia y que no iba a permitir el golpe. Ese mensaje fue clave: muchos militares dudaron, los golpistas se quedaron solos y, poco a poco, la cosa se fue desinflando. El propio rey recuerda en sus memorias: “El tiempo me pareció eterno, como inmóvil. Las marchas militares resonaban en bucle en la televisión y la radio. Esperaba, esperaba, impaciente”. 

¿Y después qué? Juicio, cárcel y una lección para todos

El golpe fracasó y los responsables acabaron en el banquillo: Tejero, Milans del Bosch y Armada, entre otros, fueron condenados a largas penas de prisión. Pero lo más importante fue la lección que aprendió el país: la democracia no es un regalo, hay que cuidarla y defenderla. Desde entonces, el 23F se recuerda cada año como el día en que España estuvo a punto de perderlo todo… y no lo hizo. El miedo se transformó en ganas de seguir adelante y, aunque no fue fácil, la democracia salió más fuerte que nunca. “Había fuerzas que no querían la democracia”, dice Nicolás Sartorius, “y en ningún momento tuve ninguna duda de que se trataba de un golpe de Estado muy serio que podría haber triunfado”. 

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